Domingo, 8 de octubre del 2017 HISTORIA

Almirante Miguel Grau, un valiente virtuoso

Miguel Grau hace un gran ejercicio de la magnanimidad, una virtud que denota la grandeza del alma.

Almirante Miguel Grau, un valiente virtuoso
La nobleza del espíritu de Miguel Grau lo convierte en un vigente ejemplo del respeto a los Derechos Humanos, y un precursor del correcto comportamiento de un militar en el marco del Derecho Humanitario.

Tiempo atrás, al término de una conferencia sobre Miguel Grau, alguien preguntó: ¿no hubiese sido mejor que dejase a los náufragos de la Esmeralda ahogarse en el mar y perseguir a la Covadonga? Así se hubiese evitado la pérdida de la Independencia. ¿No hubiese sido mejor que Grau bombardee las desalinizadoras de Antofagasta tras el combate de Iquique o que no advirtiese a los buques que atacaba para causar el mayor daño al enemigo? ¿Por qué devolver a la viuda de Prat las pertenencias de su esposo que eran legítimas preseas que darían orgullo al Perú?

Las preguntas pasaron a ser acusaciones de un fiscal de la Historia que pide a Miguel Grau rendir cuentas sobre sus decisiones durante y después del combate. Asumiremos su defensa con una pregunta: ¿sería Grau el héroe que hoy reverenciamos si no hubiese actuado como lo hizo?

Revisemos algunos hechos: cierto es que tras el Combate de Iquique, Miguel Grau ordenó recoger a los náufragos de la Esmeralda. Sería difícil borrar de la historia cómo los propios sobrevivientes aclamaron su actitud gritando “viva el Perú generoso”. Proceder magnánimo como lo reconoció su biógrafo Geraldo Arosemena. En aquel encuentro también es cierto que Grau trató de salvar la vida del Comandante chileno Arturo Prat, con quien había participado en el Combate de Abtao el 7 de febrero de 1866, y que murió fruto de su arrojo al abordar el Huáscar.

Poco después envió la espada de su enemigo a la viuda, lo que motivó una carta de respuesta donde ella le decía que nuestro héroe obraba “con la hidalguía del caballero antiguo” y reconocía que “en medio de las calamidades que origina la guerra, presenciar el grandioso despliegue de sentimientos magnánimos”.

Miguel Grau consideró indigno bombardear embarcaciones enemigas sin antes advertirles de la inútil resistencia. Como ejemplo tomemos el ataque a los buques fondeados en Iquique el 10 de julio de 1879, donde ordenó a Augusto Castleton, Comandante del transporte chileno Matías Cousiño que bloqueaba nuestro puerto, desembarcar a su tripulación antes que atacarlo.

Castleton reconoció que salvó la vida gracias a Grau y poco después le escribió agradeciéndole con una caja de vino. Grau le respondió diciéndole que su conducta “fue inspirada en un simple sentimiento de humanidad, la misma que emplearé siempre con todo buque al cual me quepa atacar en un caso semejante”.

Tampoco quiso Grau bombardear los puertos para no deshumanizar la guerra. Consta su parte del ataque sobre Antofagasta que no disparó sobre el puerto por haber intereses de los neutrales y “pobladores indefensos”. La nobleza del espíritu de nuestro héroe lo convierte en un vigente ejemplo del respeto a los Derechos Humanos, y un precursor del correcto comportamiento de un militar en el marco del Derecho Humanitario.

Pero la entrega de los trofeos de guerra, la espada y prendas de su enemigo denota un comportamiento aún más sublime y, lo que pocos conocen, no fue un hecho aislado. Cuando el 23 Julio de 1879 se capturó al transporte de guerra chileno Rímac, embarcaba una parte del conspicuo regimiento de caballería Carabineros de Yungay al mando del comandante Manuel Bulnes Pinto.

El jefe enemigo llevaba consigo la espada en oro con diamantes que Chile había entregado a su padre, el general Manuel Bulnes, vencedor en Yungay el 30 de enero de 1839 contra el Mariscal Santa Cruz, protector de la Confederación Perú Boliviana.

La espada, verdadera joya para la historia de ese país, cayó en manos peruanas. Pero Bulnes, conocedor de lo que estaba perdiendo, pidió a Grau que la conserve y no sea objeto de expolio. Entonces Grau respondió por escrito el 10 de agosto al desdichado oficial que “la espada de familia que usted me encomendó la conservaré en mi poder para ponerla a su disposición tan luego como varíe la desgraciada situación en que usted hoy se encuentra”.

La carta existe en poder de la familia Bulnes. Aunque no hemos podido leerla completa, sabemos de ella pues lamentablemente la espada fue robada el 2016 del Museo Histórico Nacional de Chile sin que hasta hoy se haya recuperado. Uno de los descendientes de Bulnes publicó la citada carta en el diario El Mercurio del 15 de agosto de ese año, diciendo de Grau con ese gesto hizo “honor a la hidalguía y nobleza que siempre lo distinguieron”.

La repetida actitud de Grau como hombre consiente de que hay bienes materiales que no pueden ser materia de vulgar rapiña, que pertenecen al legado cultural de un país, son otro ejemplo de un proceder que hoy sería motivo de reverencia en la guerra moderna, donde por desgracia vemos cómo monumentos históricos son destruidos como en tiempos de Atila.

Más allá de ser un precursor de los Derechos Humanos y del respeto por la propiedad ajena, Grau hace un lujoso ejercicio de una virtud poco sopesada en nuestro medio: la magnanimidad, una virtud que denota la grandeza del alma.

Filósofos de la talla de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino se ocupan de esta virtud tan especial, que es el esfuerzo por buscar la grandeza y lo honorable; es el acometer tareas nobles y arduas, aunque sean difíciles y aunque cuesten la vida.

Implica renunciar a la vanidad y la soberbia, a los honores y ceremonias laudatorias, a la mediocridad propia del pusilánime que es lo contrario al magnánimo. Y preciso es señalar que Miguel Grau renunció a su sueldo de contralmirante y a lucir sus nuevos galones para no dejar el buque que él mejor que nadie sabía comandar.

Fácil hubiese sido para el héroe de Angamos entregar triunfante las espadas más preciosas del enemigo y llenarse de lauros de gloria, fácil hubiese sido masacrar sin piedad a sus enemigos hundiendo sus buques desprevenidos y sumar sangrientas victorias a su foja de servicio. Pero entonces no lo recordaríamos como El Peruano del Milenio.

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